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No cabe duda que la historia se repite con fuerza, condenando a la tortuosa realidad los esfuerzos genuinos por transformar este país. Con la inconsciencia de muchos que privilegian su interés personal por encima de los gemidos de esta nación por alcanzar y realizar mas pronto que tarde su vocación providencial, camina también el testimonio de otros que arriesgaron todo su capital en la ingrata inversión de la transformación social.

No se si algún día podré observar un testimonio victorioso de esta forma de hacer y concebir la acción política. He sido afortunado al conocer por la apasionante ruta de los libros y mejor aún, en vida y obra, hombres honestos que no dudaron apostar en la democracia de los números toda una carrera sin apostasías, sin acomodamientos, teniendo fe en la construcción del bien común como resultado de la acción pública y política. Hasta hoy, esa forma de hacer política ha fracasado, y peor aún, cuánto más es la estatura moral de estos políticos, más escandaloso es el derrumbe de la esperanza.

Es este fragmento de las memorias de Correa, un político mexicano de principios del siglo pasado, una especie de testamento que se vuelve a la vez patrimonio en la carrera de otros tantos políticos más cercanos a estas fechas, que siguen padeciendo la indiferencia de los propios o la pasión y torpeza de sus correligionarios, pero que mantienen viva la esperanza de que en medio de este fatídico destino, se emprenda nuevamente con entusiasmo la posibilidad de la transformación social.

Y aunque lejanos ya los días de persecución a la Iglesia, es evidente que en el horizonte puede verse la turba alzando ya banderas que promoverán el aborto, querrán abolir la libertad religiosa y condenar a la familia al pasado, pisoteando la dignidad de la persona humana y relativizándolo todo. Y llegado el día de la batalla, será necesario que a los apostatas se les señale con fuerza como los cómplices que contribuyeron a los días dolorosísimos que padecerá nuestra nación mexicana.

Lo dejo para su reflexión:

“La efectividad del esfuerzo que se emprendía y el entusiasmo con que la gente respondía al llamado me hizo ilusiones y creer en la posibilidad de una transformación social mediante el ejercicio del sufragio. Mi ilusión no duró mucho; mi fracaso como político fue redondo, como puede verse en las memorias que tengo escritas sobre mi actuación en el Partido…, y aunque con posterioridad, todavía estuve soñando con la formación de otro partido que no tuviera nombre confesional, y lo intenté dos ocasiones pronto terminé, obligado por la falta de cooperación de mis correligionarios, por lo difícil del ambiente en un país corrompido, sin ideales, y por mi falta de ductilidad, con mi ilusión. Prescindí por entero de la política, convencido de que en este Méjico no puede ser político el que no sepa de acomodamientos, de transacciones, de apostasías y persiga no el provecho propio, sino el engrandecimiento y la salvación de la Patria. Y desde entonces me limité, a juzgar de nuestros hombres públicos en el diario y en el libro, aportando material para la verdadera historia que se escribirá algún día. De mi breve intervención en la política no me quedan sino recuerdos gratos unos, como el de haber pertenecido a un Congreso de hombres libres en su mayoría, que ofrecieron al mundo entero un confortador ejemplo, y el de haber tropezado con amigos que apreciaron mi rectitud y mi fijeza de principios, y amargos otros, como los que me ofrecieron varios de mis correligionarios que por pasión o por torpeza fueron causa del fracaso político del movimiento de los católicos. Se olvidaron de lo fundamental para ver la conveniencia personal y así contribuyeron a los días dolorosísimos que padeció la Iglesia Católica Mejicana”.
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