Nuestra generación y las lecciones de los padres de Europa

De Gasperi, Adenauer  a la izquierda y Schuman a la derecha junto a ministros de Holanda y Luxemburgo
De Gasperi, Adenauer a la izquierda y Schuman a la derecha junto a ministros de Holanda y Luxemburgo

La historia de la reconstrucción de Europa tras finalizar la Segunda Guerra Mundial no se entiende sin la influencia del cristianismo y los efectos del liderazgo de hombres que comprendieron que tras la desgracia del encono Europa debía ser seducida por la solidaridad y subsidiaridad cristiana.

Luego del triunfo de los países aliados, Alemania quedo dividida en dos visiones del mundo, la Occidental (patrocinada por EEUU y Gran Bretaña) y la Oriental (impulsada por la URSS).  Esta especie de “reparto de botín” por parte de los aliados, reflejaba en realidad una honda fractura en la identidad Europea y redujo a Alemania a un experimento entre los dos grandes paradigmas políticos del siglo XX. El paradigma Occidental que privilegiaba la Libertad como valor fundamental de la vida pública y el paradigma soviético que encumbra la Igualdad.

En medio de esta Europa lastimada y condicionada, la reconciliación vino de la mano de dos políticos de enorme estatura moral, el canciller alemán Konrad Adenauer y el visionario ministro francés Robert Schuman. Si bien es cierto que la gran guerra derivó de conflictos entre Francia y Alemania, la reconciliación de Europa no podía darse sin el protagonismo de estas dos naciones.

Adenauer y Schuman son los padres de la Comunidad Europea, su visión de una Europa unida no estaba basada  exclusivamente en intereses económicos o proteccionistas frente a la influencia del totalitarismo soviético, sino en la comunión de intereses que provienen de la identidad europea, enraizada fundamentalmente en su herencia cristiana.

El testimonio del alemán Konrad Adenauer y el francés Robert Schuman, de la mano de otros grandes líderes de Europa como el Rey Balduino I de Bélgica, Álcide de Gasperi o Aldo Moro de Italia, confirma que más allá de la geometría política que enmarca la acción política en izquierdas y derechas, la luz de la doctrina social católica sirve en la praxis a los hombres de fé que buscan contribuir desde la política con el bien común.

Sin la asimilación de solidaridad, subsidiariedad, justicia y bien común  de la propuesta cristiana, el acuerdo entre Francia y Alemania para constituir la Comunidad del Carbón y el Acero no hubiera sido posible. La idea de una gran nación Europea surgió con fuerza tras el éxito de este acuerdo para la administración de recursos indispensables para la restauración de los países involucrados en la guerra y concluyó de manera dinámica y positiva en la actual Unión Europea contribuyó a la reducción de las brechas de desarrollo en los países europeos y fomentó la equidad en lo económico y político.

Si Europa encontró un camino rápido para la restauración y recomposición después de una guerra de semejante magnitud, México debe buscar también la comunión en su identidad para superar las heridas que causa una transición larga y cada vez más extraviada.

Los líderes católicos deben hacer valer la respuesta del cristianismo a las dolorosas exigencias de la realidad social. Una generación dio pasos decididos hacia la restauración de Europa abanderando con fuerza la defensa de la dignidad de la persona humana, la justicia social, la solidaridad y la subsidiariedad, hoy ese conjunto de principios se resume  en el concepto “desarrollo humano integral”, heredero del comunitarismo y personalismo que sirvieron de reflexión en la conformación de la Unión Europea.

Nuestra generación debe responder con fuerza, con decisión, con coraje y valor a los retos que presenta México. Debe construir los acuerdos en busca del bien común, aprovechar las coincidencias y fortalecer lo que une y comunica a los actores sociales. Todo sin ceder un ápice en la promoción y defensa de la vida humana, la familia como institución básica de la sociedad, la libertad y la justicia, sin temor a abanderar la verdad, sin vacilaciones timoratas. Con la confianza de que ha sido el cristianismo un enorme civilizador, para muestra queda la dinámica restauración de Europa tras la segunda guerra mundial de la mano de los políticos católicos, conocidos como los “Padres de Europa”.

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