Si los avicultores siguen sin comprometerse, ¿Cuál es el mérito Sra. Cecilia?

FOTO: EL INFORMADOR
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La recién superada gripe aviar dejó muchos damnificados en su paso por Jalisco. Unos alegan millones de pesos en pérdidas e invitan (parecen exigir) al gobierno a apoyar económicamente con recursos públicos a los avicultores para recuperar la producción y así contribuir a la estabilización del precio del huevo, un básico en la alimentación de los mexicanos que por momentos fue inalcanzable al bolsillo de todos. Otros, silenciosos y resignados siguen ahí esperando que alguien volteé a verlos, como siempre, sin cámaras defendiéndolos, sin políticos que compartan sus intereses, sin organizarse y sin defenderse, se quedan solos y sin nada.

El gobierno mexicano anunció ya miles de millones de pesos en fondos para apoyar a los sufridos avicultores de Jalisco. Sumas enormes que buscan compensar las pérdidas que dejó el virus a los importantes productores avícolas de Los Altos que perdieron una enorme capacidad de respuesta a la demanda del mercado mexicano. Si la producción de los avicultores jaliscienses alcanza mas del 50% de la producción nacional, es fácil entender que el huevo se escaseara y por ende su precio se fue al alza. Por eso el acuerdo unánime sobre la urgencia de apoyar, subsidiar o conceder prerrogativas a los avicultores, no esta mal, pero hay otro sector damnificado al que no se ve, al que no se escucha, al que no se atiende y que sin duda, perdió más que los empresarios: los jornaleros de las granjas avícolas, ellos son los verdaderos damnificados.

Detrás de las historias de éxito de los avicultores de Jalisco, particularmente los alteños, hay también otras historias de desgracia, de ignominia, de carencia y de miseria. Historias que van por ahí cuál leyendas pero que quedaron evidenciadas tras la crisis de la gripe aviar en Los Altos. En Tepatitlán y Acatic se conocen las historias de éxito de los emprendedores de la avicultura, se les conceden los créditos a los visionarios que apostaron por el negocio del huevo, pero también se les señala de transar con los subsidios gubernamentales que iban desde el alimento hasta dinero, o de evitar por todos los medios el pago de impuestos y así negar, entre otras cosas, el reparto de utilidades. Dicen que así amasaron grandes fortunas, un tanto de trabajo duro y otro tanto de transar al gobierno. Eso se dice y como puede ser cierto, también puede ser sólo un mentiroso rumor, “del dicho al hecho hay mucho trecho”, como quiera que sea, si transaron con subsidios antes no significa que lo van a hacer ahora.

Al margen del debate sobre la necesidad de que el gobierno dé apoyos millonarios a los avicultores para regular la producción, está también la necesaria reflexión sobre la responsabilidad social de estos empresarios que ni tarde ni perezosos estiran la mano al gobierno en un tono imperativo pero tardan una eternidad para tender esa misma mano a su más valioso capital, sus trabajadores, esos que dejaron y dejan la vida en las granjas avícolas de Los Altos por una miseria de dinero que no vale lo que cuesta.

Si los avicultores de Los Altos son hoy por hoy una industria de reconocer, es porque como describía Antonio Gómez Robledo, en Los Altos “el campesino no tiene ocasión para el perezoso devaneo”. La nobleza del alteño, sin distinción de género, hace que al dueño de los medios de producción le sea fácil producir sin grandes concesiones al trabajador, llegando a abusar de esta nobleza al grado de racionar al máximo la justa retribución y a olvidar las condiciones mínimas ya no digamos de seguridad e higiene sino de dignidad para sus trabajadores.

Bastaría con recorrer una de las tantas granjas en Los Altos para darse cuenta que los “caseteros” (así se les llama coloquialmente a los operadores de las granjas avícolas) viven con toda su familia en un cuarto de cuatro por cuatro, que sirve de habitación, cocina y comedor, donde si la suerte les sonríe a unos metros tienen una construcción de uno por uno que sirve de letrina. Aunque algunas granjas han automatizado y mecanizado su producción, la mayoría sigue teniendo a los recolectores expuestos a los desechos de los animales, tóxicos por la cantidad de químicos invertidos en el animal, que aunque nunca se ha querido reconocer, ha generado padecimientos y enfermedades que terminan por consumir a los trabajadores.

En esta crisis en la que se dejó ver el ejército vigilando las carreteras al lado de agentes de sanidad animal y otras agencias del gobierno, quien perdió más fueron los miles de trabajadores de las granjas que fueron despedidos. Miles de familias que de un día a otro perdieron su trabajo sin que los empresarios, los mismos que hoy exigen al gobierno apoyos, consideraran ni derechos, ni liquidaciones, ni gratificaciones, ni nada. Los despidieron así nada más, sabiendo que nadie los denuncia, nadie les reclama.

Si los avicultores piden al gobierno que se comprometa a ayudarlos, por qué no pedirles a los flamantes, bien organizados, solidarios entre sí y celosos avicultores que se comprometan con sus trabajadores primero. Que antes de pedir hay que dar garantías a los trabajadores, hay que pagar con justicia el trabajo de la gente, hay que darles condiciones de trabajo que garanticen la salud e integridad, hay que garantizar el reparto de utilidades, que si deciden tener trabajadores al cuidado de sus granjas se aseguren de tener viviendas habitables y no cuartos multiusos sin decoro. Que hagan que los 700 pesos semanales que pagan por jornadas de 10 horas, dejen de ser el “si te interesa” para convertirse en sueldos competitivos y dignos de gente que deja la vida en su trabajo. Si ellos se comprometieran con ser empresarios socialmente responsables, entonces sí que el dinero de todos los mexicanos se use para solventar sus pérdidas, antes no.

Una diputada federal priísta, Cecilia González, presumía subir a tribuna a defender a los avicultores. Claro, ¡su familia vive de la avicultura! ¿Cuál es el mérito de haber exigido al gobierno crear un fondo del que seguramente también serán beneficiados sus familiares y socios? Y sí, todos dicen, “ya viste que la Diputada subió y exigió que apoyaran a Tepatitlán y sus avicultores”, pero nadie dice que por quien ella intercedió fue exclusivamente por los avicultores y no por los miles de empleados que tienen sometidos a sueldos paupérrimos o condiciones lamentables que en el mejor de los casos mantienen su trabajo, porque otros tantos se quedaron sin trabajo, pero para ellos nadie tiene una mano, ni una palabra, mucho menos un apoyo gubernamental.

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