¿Qué pasó el 1º de Julio? Los vivos y su máquina de contar

Enrique Peña Nieto emitiendo su voto
Enrique Peña Nieto emitiendo su voto

Luego de la jornada electoral del pasado domingo, muchas son las voces que dicen no entender, que no terminan de advertir, cómo a pesar de la evidente debilidad moral, ética y política de la propuesta priísta, fueron ellos quienes conquistaron las urnas, consagrándose en la victoria.

Sinceramente, yo había acusado una conjunción de factores a los resultados electorales que en consecuencia jalaban con fuerza a la regresión democrática. Sin embargo, reconozco que encontré, casi cien años atrás, argumentos contundentes para entender que la raíz del desatino electoral en México no es otra cosa que el “voto de los vivos” denunciado y señalado con energía por un jalisciense excepcional, Anacleto González Flores. Hágase usted dueño de sus propias conclusiones:

“La democracia contemporánea, cuando menos en ciertos países como Francia y el nuestro, ha condenado al destierro y a la proscripción el voto de los muertos. Ha jurado guerra implacable contra ellos. No se les permite votar, en cuanto que sus sistemas, sus opiniones, sus lecciones, sus enseñanzas, son excluidos, condenados al olvido”.*

El error de los vivos no consiste en la fundación de una democracia, ha consistido y consiste sobre todo, en querer fundar una democracia en que no puedan votar los muertos y en que solamente voten los vivos y se vote por los vivos… Y una democracia que condena al destierro y a la proscripción a los muertos, será todo: una oligarquía rodeada de bayonetas o con espadas que ha arrojado de los comicios al pueblo… De tal manera que si no hubiese, para explicar los desastres ruidosos de la democracia contemporánea y de la nuestra en especial, otra cosa que su odio hacia los muertos, éste bastaría para dar la clave entera de su bancarrota y de sus irreparables desastres.” *

“Un mercado en que todas las cosas tuvieran el valor igual, es un contrasentido. Y un mercader que atribuyera el mismo valor a la sal y al diamante, al carbón y a la plata, estaría más allá de lo absurdo; sería un loco rematado, pasaría por un demente… Y esto es lo que en orden un poco superior, pero en todo caso muy parecido, muy semejante al orden puramente económico, no pudieron ver, no pueden ver aún, ni verán quizá jamás, los portaestandartes de la democracia contemporánea… Su democracia resultó una máquina de contar.” *

“Desde el punto de vista de la función de cada uno en la vida pública y social, esta democracia es un inmenso mercado en que todos los mercaderes se han vuelto locos y han perdido hasta la brújula del sentido común… Pero detrás de la locura de los mercaderes que abrieron el inmenso mercado de la nueva democracia y que consagraron la igualdad como la tabla suprema de los valores humanos, ha venido, tal vez lenta, imperceptible, subterráneamente; pero ha venido con paso arrasador, como una cuchilla que parte y raja todo, la quiebra, ha venido la bancarrota.” *

“Es cierto: en su tabla de valores humanos, tabla única, fundamental, tabla en que descansan todos sus programas, nadie pesa ni vale más que nadie: todos son, todos somos, numérica, exactamente iguales. Y si esa democracia no necesita de sabios, ni de poetas, tampoco necesita de héroes, ni de santos, ni de hombres consagrados en nada. Se trata de un mercado donde una empuñadura de oro vale tanto como un jarro mal cocido, donde la Divina Comedia vale tanto como los versos del último estridentista…¿Para qué? Y esta misma interrogante han tenido que hacerse desde el día siguiente de la fundación de la democracia moderna, todos los que se han sentido tentados a hacer de su vida algo alto, fuerte y noble.” *

De todo esto se consiguen finalmente dos conclusiones de enorme valor en el diagnóstico de nuestra endeble democracia:

1) Si nuestra democracia no da lugar a las lecciones de la historia, a la opinión y las lecciones de los muertos, el voto de los vivos será irremediablemente la ratificación del error y la novatada más costosa de la sociedad hacia sí misma.

2) Mientras nuestra democracia sea una “máquina de contar”, ni los políticos, ni la sociedad tendrán incentivos para consagrar la honestidad, ética, capacidad y el bien común como elementos indispensables de la acción política y gubernamental.

Así se entiende que en Jalisco y en México las lecciones de la historia y las trayectorias limpias se fueron por el caño. Si nuestra democracia no necesita de sabios, entonces cualquiera puede. Si se trata de escoger a cualquiera pues nadie se sorprenda que se prefiera a Barrabás. Nuestra democracia es por tanto, un mercado donde la sal y el diamante valen igual y ante eso… ni la Providencia puede.

A.M.D.G.

*Extractos tomados de: González Flores, Anacleto. El Plebiscito de los Mártires. 1930.

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