Sigo esperando la verdad después de casi 20 años

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Cardenal Posadas Ocampo

Recuerdo ese día como si fuera ayer, era apenas un niño pero la expresión de mi madre me decía que algo estaba pasando, la televisión le sacó una de esas expresiones comunes en mi abuela cuando algo no estaba bien -¡Sangre de Cristo!, sin apagar el televisor corrió a encender su Cirio Pascual, ese que encendía cuando la tempestad y su estruendo cubrían el cielo.

Aunque era un pequeño, recuerdo a Javier Alatorre, cual reportero de guerra, transmitiendo desde el Aeropuerto de Guadalajara una noticia que había ameritado detener todos los programas de televisión de entonces, sobra decir que la única señal que le hacía el favor a la vieja televisión de casa era la de Tv Azteca. Mi madre tenía una expresión de tristeza, tan parecida a la que quiso disimular cuando mi padre, que se dedicaba a la venta de autopartes, había viajado a Guadalajara a comprar refacciones un 22 de abril de 1992 y en la televisión reportaban las explosiones en la zona de la central vieja, y donde la lógica de mi madre le imponía que mi papá, cuando menos había pasado por esa zona de Guadalajara y no sabía nada de él.

Era un día de mayo de 1993, los periodistas anunciaban el asesinato del Cardenal de Guadalajara, Juan Jesús Posadas Ocampo, debo decir con honestidad que no entendía entonces la gravedad del tema pero al llegar mi padre a casa recuerdo que le dijo a Doña Georgina- Ahora sí se pasaron estos cabrones-. Mi padre sigue teniendo una peculiar forma de ver y entender la política, pero como buen alteño, el atentado contra un Obispo católico lo consideraba algo imperdonable. Ahora entiendo mejor que nunca la risa de mi padre cuando el entonces procurador Jorge Carpizo presentaba en televisión una especie de caricatura donde explicaba la causa del asesinato, Don Mario, otra vez con un tono un tanto exaltado, dijo al señor que hablaba en la tele como si este de verdad lo estuviera escuchando – Siguen pensando que la gente esta pendeja como para creer esos pinches dibujitos, ustedes lo mataron-, yo era aún muy inocente para entender sus expresiones, pero su firmeza llamó mi atención.

¿A quién se refería mi padre cuándo dijo “ustedes lo mataron”? Esa pregunta se mantuvo ahí hasta que un día, mi madre que sigue siendo una aficionada a la lectura, llevo a casa un libro que me llamo poderosamente la atención. Yo ya era un adolescente, mi madre me había contagiado el gusto por leer y la portada de este libro me cautivo al ver unas balas formando una cruz, era un libro que hablaba de aquel día de mayo de 1993, el día que murió el Cardenal de Guadalajara Posadas Ocampo.

Este libro despertó en mi un interés especial por el tema, no sabía yo mucho de política, ni narcotráfico, ni esas cosas del poder, pero comenzaba a importarme lo que salía en los noticieros. Mi padre siempre veía los noticieros de la noche y un día estaba atento a un debate, era el mismo tipo que salió en la televisión aquella noche explicando con dibujitos lo que había pasado en Guadalajara y tenía enfrente a un abogado, un hombre serio, que le refutaba sus tesis e insistía que la versión del gobierno no convencía a nadie. Ese día mi padre sacó otra de esas expresiones que no se olvidan, me dijo- Ese cabrón, ahí como lo ves, si no lo matan, va a llegar lejos porque tiene los tamaños para no intimidarse-, palabras más, palabras menos, pero mi padre, que no es ni poquito un hombre de Iglesia, de política o de partidos, era un hombre de trabajo, amigos y familia como muchos, estaba reconociendo a “ese Pérez Paláez” como el le decía.

Después de leer ese y otros libros, terminé entendiendo que en México, mi país, la política estaba totalmente desvirtuada, que los políticos le apostaban a la desmemoria y que estaban ganando su apuesta. Que los mexicanos solíamos olvidarnos de las heridas como un mecanismo de autodefensa para no comprometerse con cambiar una realidad que lastima hondo y que termina por imponernos un yugo de conformismo que nos mantiene en donde no necesariamente deseamos estar.

Hace casi 20 años que el asesinato de un Cardenal en Guadalajara cimbro mi familia, mi estado, mi país. Hace casi 20 años que el narco-estado estaba en su época dorada con los Salinas, los Córdova Montoya, los Ruíz Masieau, los Arellano, los Carrillo Fuentes, los González Calderoni que se repetían sistemáticamente en el entrañado priísta en todos los rincones de un México envenenado por una clase política que había contaminado hasta los tejidos más sensibles de esta nación.

Casi dos décadas después, me preocupa que la apuesta de la desmemoria del PRI y el sistema político nos esté ganando y cada año nos mostremos más indiferentes ante uno de los días más dolorosos de nuestra historia reciente.

A nadie convence aún la versión de la confusión, Don Mario Rivas Souza, uno de los hombres más reconocidos de la comunidad jalisciense lo dijo con toda claridad, ese homicidio no fue producto de una confusión, fue un ataque directísimo. Siguen las dudas y la preocupación de que aquellos que sabían la verdad, de manera circunstancial o forzada, pero han ido muriendo y llevándose con ellos la posibilidad de saber quién ordenó el homicidio y por qué.

Salinas llego a darse el lujo de culpar a la masonería, a decir que el ala más recalcitrante del priísmo anticlerical había dado muerte al cardenal en venganza por las reformas en materia de libertad religiosa. Absurdo porque según las reglas no escritas del sistema político al que se sometían y someten aún los priístas, todos, el Presidente de la República es la voz y el deseo que se impone a cualquier priísta por poderoso que este sea.

Hoy, a 19 años del asesinato del cardenal Posadas Ocampo, hay que reconocer que perseverar en la búsqueda de la verdad después de tanto tiempo es realmente una proeza. Que aquellos que han asumido los costos de exigir la verdad a los hombres más perversos y poderosos de este país merecen nuestro respeto, nuestro respaldo y nuestro agradecimiento. Que como sociedad claudicar ante el escandaloso homicidio y la intención de sus autores de que se olvide sería un grave error. Que no debemos pasar por alto que los que dieron pié a la confusión para encubrir el homicidio de un Cardenal hoy están esperando detrás de la puerta que vienen abriendo los priístas más jóvenes.

En fín, como mexicanos necesitamos recordar que la verdad nos hará libres y que si la indiferencia nos envuelve, las muertes del Cardenal y las otras personas que también fueron víctimas de las balas ese día 24 de mayo de 1993, fueron solamente otra más de las grandes tragedias del siglo pasado, de esas que el PRI causó y juró no se repetirían pero adivine que, mientras la sombra de la mentira encubra sus delitos, seguirán muriendo obispos, periodistas, activistas sociales e inocentes, solo porque al poderoso político le molesta que alguien le exija responder a la sociedad con seriedad.

Mi madre sigue rezando por la paz de México, mi padre insiste en que ese abogado va a llegar lejos, yo sigo esperando la verdad y mi país, mi México, sigue como hace 20 años, padeciendo.

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